lunes, 3 de noviembre de 2008

Treinta y tantos

Durante la adolescencia, lo único que queremos es ser como el resto de las mujeres de nuestra edad, pero nunca lo somos. Dentro de nuestra cabeza nos vemos gordas, flacas, altas, bajas, muy crespas, demasiado lisas. Nunca, en esos años tan lindos, somos totalmente felices con quienes somos, ni con la casa en que vivimos o los padres que tenemos; parecemos tener la percepción desenfocada.

Si hay algo buenísimo de tener treinta y tantos, es que muchas llegamos a la bendición de querernos con la realidad que traemos a cuestas. Volvemos a encariñarnos con nuestro cabello, con la forma de nuestras uñas, con el ancho de nuestras caderas, como cuando éramos niñas y eso no importaba. Más aún, ya no queremos parecernos al resto, sino disfrutar de lo que nos hace distintas, como si una racha de amor propio se nos viniera encima. Dejamos de pensar en la mala suerte de tener más grasa de la que necesitamos y asumimos que es falta de ejercicio o exceso de alimentos. Volvemos a conectarnos con la realidad, con lo que somos y lo que hemos vivido, que cuando ya pasamos la tercera década, suele ser bastante. Somos casadas, separadas, reincidentes, madres, madrastras, trabajadoras, amigas, solteronas, madrinas, cuncubinas, amantes, y ya hemos tenido alguna experiencia en el diván de algún psicólogo (no indecorosa, me refiero a la de paciente), o leído libros de autoayuda, o conocido a un hombre insensible. Imposible, entonces, no sentir orgullo de haber llegado hasta aquí. Porque la vida para una mujer ya es difícil desde aquella edad llena de complejos, pasando por depilarse, caminar con tacos altos, teñirse el cabello cada medio centímetro de raíz, mantener el ombligo adentro, encontrar aquella primera arruga al costado de los ojos y la maldita cana que ves ¡¡cuando ya no te querías teñir más!!

Todavía cargamos miedos, pero a veces los olvidamos o incluso, nos hacemos sus amigas. Aprendemos a decir que no, y a elegir mejor nuestros afectos. Nos reímos con más ganas ¿han notado? no nos importa si todo el lugar está mirando, nos reimos con golpe de mesa y sacamos una foto para no olvidar el momento. Decidimos que es mejor panorama salir con las amigas que con un hombre, a menos que sea una cita con algún grado de futuro o una conmemoración del tipo aniversario. Comprendemos que nadie querrá estar con nosotras si no disfrutamos primero de nuestra soledad y que nuestra felicidad no puede estar en manos de alguien más.

Llegamos a querernos de una forma sana, libre, simple; a cuidarnos, a estar alerta, y a amar con soberbia pasión. Le llaman la Crisis de los 35, yo le llamaría la Bendición de los Treinta y tantos.

1 comentario:

  1. me queda poquito pa llegar a los 30...a pasos agigantados de salir de los veintisiembre...pero que cosas mas ciertas son las que dices....

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