Vivir rodeada de cordillera y haber comido un par de asados en el Cajón del Maipo no es garantía de conocer bien la montaña. Un poco de información adicional se habría agradecido.
Éramos mi bicicleta y yo. Y la cámara en su acolchada mochila en la espalda. Los cambios tal como me indicaron y el casco firme. El amigo de la idea, adelante. El auto se había quedado estacionado donde aún había civilización.
A menos de 20 metros, al ritmo de un pedaleo rápido, casi exagerado, me dí el primer porrazo. Costado izquierdo al suelo, lo mismo que mi joyita con ruedas. Mi guía no se percató.
Ignorante hasta de la más mínima técnica para desplazarme sobre piedrecilla suelta a 2000 mil metros de altura, le puse todo el corazón. Y obedecí un par de consejos sobre cómo sentarse y en qué proporción apretar cada freno para no salir volando con cada piedra atravesada en el camino.
No recuerdo si me azoté otra vez en el suelo o sólo se cayó la bici y yo salí dispara en sentido inverso, pero en ese escaso trayecto noté que aquello no estaba del todo bien ¿qué parte no entendió bien mi amigo de "yo nunca he bajado un cerro"? Entre medio, un mini riachuelo lleno de diminutas ranitas negras saltando por todas partes en esa agua semi barrosa.
Se suponía que todo mejoraría, y al menos así pareció mientras por fin avanzaba de corrido sobre el terreno cubierto de pasto y plastas de vaca. Muuuuchas plastas de vaca, que en ese momento me parecían una bendición porque esas no me botaban como los peñazcos.
Llegamos al refugio abandonado, en lo que parecía la cima del cerro. Pero no podía ser la "cima, cima" porque por ahí tenía que haber un camino para poder bajar ¿o no?
Tomé agua, comí mi barrita de cereal y saqué fotos. Pero ¿dónde estaba el camino?
La travesía tortuosa comenzó en ese momento. Bicicleta en andas para bajar por la roca hasta llegar a un "camino" sobre el que sólo pude desplazarme caminando con mi vehículo al costado. Los pedales pegando en mis pantorrillas y los calcetines llenos de cardos ¿qué rayos estaba haciendo yo allí?
Era un paisaje seguramente lindo, que con el cansancio de caminar con los zapatos inadecuados y arrastrando una bicicleta, no podía admirar de forma tranquila. Avancé decidida y cada intento de pedalear terminaba con una piedrota que me mandaba volando lejos de la bicicleta, incluyendo la caída a unas matas que me salvaron de rodar por un barranco. Mi guía, adelante.
Luego de la cuarta o quinta caída, y tras varias groserías a mi haber, el cansancio era tal que mis pies se doblaban solos y tuve un lapsus de tercianas yo creo que de susto. Cada "camino" era peor que el otro. Pero ¿qué? ¿qué iba a hacer? Decidí dos cosas, primero, no ocultar más mi cara de infelicidad y segundo, encomendarme a los budas, cualquiera que me escuchara implorando que hubiera alguno bilingüe que me pudiera comprender, e invocando cuanto libro de autoayuda he leído, reemplacé la frase "odio este paseo" por "amo este paseo", por si eso de que la felicidad es un estado mental es verdad. Y la cosa comenzó a mejorar, digamos, levemente, porque ya no me caí y muchas mariposas se me cruzaron de tanto en tanto en el camino.
Nunca en la vida había agradecido la protección de tanto ser inanimado: A las suelas de mis zapatillas por no resbalar, a la mochila por proteger mi cámara en cada caída acrobática, a los guantes semipelados por los aterrizajes ilesa, y a la bici porque mágicamente caía para un lado mientras yo con una destreza desconocida me auto eyectaba en sentido contrario y daba zancadas salvadoras para no caer.
Ahí iba yo, sin agua, sin comida, con varios machucones y ampollas en los pies, con los calcetines llenos de cardos (nuevos, porque los que mencioné antes ya los había quitado) pensando en mi casa y en un suculento pollo asado con papas fritas.
"Ahora viene un camino bueno" sirvió como a perro galgo le sirve el conejo de mentira para correr, pero no sé si llegó o yo me envalentoné, el asunto es que por fin pedaleé. Y ahí iba yo, pendiente abajo, tiesa como ratón envenenado sin posibilidad de relajarme, una pierna flectada y la otra estirada... y el cuádricep casi agarrotado por la posición. Qué piedras ni nada, piedra chica se pasaba por encima nomás y las grandes se esquivaban, el camino era por fin compacto y yo disfrutaba después de muchas horas mi paseo.
Al final, un riachuelo gélido para tomar agua y aliviar el dolor de pies.
Después de llegar a destino unas cuatro horas después de mi barrita de cereal, subir a a la punta del cerro en auto a buscar el otro auto, bajar nuevamente en el mío con Juanes reventando los parlantes y manejar por fin hasta mi casita preciosa para dejar la bicicleta... arrastré mis patitas y mi ánimo, con el mismo pantalón asqueroso y la polera llena de tierra, y me fuí a comer una hamburguesa doble con queso y tocino.
El recuento de daños arrojó seis moretones, canillas machucadas, cuatro ampollas y dolor muscular desde aproximandamente la cervical... hasta el dedo pequeño del pie.
Pero, la experiencia queda, lo mismo que la foto en que cualquiera cree que yo lo estaba pasando genial.
Éramos mi bicicleta y yo. Y la cámara en su acolchada mochila en la espalda. Los cambios tal como me indicaron y el casco firme. El amigo de la idea, adelante. El auto se había quedado estacionado donde aún había civilización.
A menos de 20 metros, al ritmo de un pedaleo rápido, casi exagerado, me dí el primer porrazo. Costado izquierdo al suelo, lo mismo que mi joyita con ruedas. Mi guía no se percató.
Ignorante hasta de la más mínima técnica para desplazarme sobre piedrecilla suelta a 2000 mil metros de altura, le puse todo el corazón. Y obedecí un par de consejos sobre cómo sentarse y en qué proporción apretar cada freno para no salir volando con cada piedra atravesada en el camino.
No recuerdo si me azoté otra vez en el suelo o sólo se cayó la bici y yo salí dispara en sentido inverso, pero en ese escaso trayecto noté que aquello no estaba del todo bien ¿qué parte no entendió bien mi amigo de "yo nunca he bajado un cerro"? Entre medio, un mini riachuelo lleno de diminutas ranitas negras saltando por todas partes en esa agua semi barrosa.
Se suponía que todo mejoraría, y al menos así pareció mientras por fin avanzaba de corrido sobre el terreno cubierto de pasto y plastas de vaca. Muuuuchas plastas de vaca, que en ese momento me parecían una bendición porque esas no me botaban como los peñazcos.
Llegamos al refugio abandonado, en lo que parecía la cima del cerro. Pero no podía ser la "cima, cima" porque por ahí tenía que haber un camino para poder bajar ¿o no?
Tomé agua, comí mi barrita de cereal y saqué fotos. Pero ¿dónde estaba el camino?
La travesía tortuosa comenzó en ese momento. Bicicleta en andas para bajar por la roca hasta llegar a un "camino" sobre el que sólo pude desplazarme caminando con mi vehículo al costado. Los pedales pegando en mis pantorrillas y los calcetines llenos de cardos ¿qué rayos estaba haciendo yo allí?
Era un paisaje seguramente lindo, que con el cansancio de caminar con los zapatos inadecuados y arrastrando una bicicleta, no podía admirar de forma tranquila. Avancé decidida y cada intento de pedalear terminaba con una piedrota que me mandaba volando lejos de la bicicleta, incluyendo la caída a unas matas que me salvaron de rodar por un barranco. Mi guía, adelante.
Luego de la cuarta o quinta caída, y tras varias groserías a mi haber, el cansancio era tal que mis pies se doblaban solos y tuve un lapsus de tercianas yo creo que de susto. Cada "camino" era peor que el otro. Pero ¿qué? ¿qué iba a hacer? Decidí dos cosas, primero, no ocultar más mi cara de infelicidad y segundo, encomendarme a los budas, cualquiera que me escuchara implorando que hubiera alguno bilingüe que me pudiera comprender, e invocando cuanto libro de autoayuda he leído, reemplacé la frase "odio este paseo" por "amo este paseo", por si eso de que la felicidad es un estado mental es verdad. Y la cosa comenzó a mejorar, digamos, levemente, porque ya no me caí y muchas mariposas se me cruzaron de tanto en tanto en el camino.
Nunca en la vida había agradecido la protección de tanto ser inanimado: A las suelas de mis zapatillas por no resbalar, a la mochila por proteger mi cámara en cada caída acrobática, a los guantes semipelados por los aterrizajes ilesa, y a la bici porque mágicamente caía para un lado mientras yo con una destreza desconocida me auto eyectaba en sentido contrario y daba zancadas salvadoras para no caer.
Ahí iba yo, sin agua, sin comida, con varios machucones y ampollas en los pies, con los calcetines llenos de cardos (nuevos, porque los que mencioné antes ya los había quitado) pensando en mi casa y en un suculento pollo asado con papas fritas.
"Ahora viene un camino bueno" sirvió como a perro galgo le sirve el conejo de mentira para correr, pero no sé si llegó o yo me envalentoné, el asunto es que por fin pedaleé. Y ahí iba yo, pendiente abajo, tiesa como ratón envenenado sin posibilidad de relajarme, una pierna flectada y la otra estirada... y el cuádricep casi agarrotado por la posición. Qué piedras ni nada, piedra chica se pasaba por encima nomás y las grandes se esquivaban, el camino era por fin compacto y yo disfrutaba después de muchas horas mi paseo.
Al final, un riachuelo gélido para tomar agua y aliviar el dolor de pies.
Después de llegar a destino unas cuatro horas después de mi barrita de cereal, subir a a la punta del cerro en auto a buscar el otro auto, bajar nuevamente en el mío con Juanes reventando los parlantes y manejar por fin hasta mi casita preciosa para dejar la bicicleta... arrastré mis patitas y mi ánimo, con el mismo pantalón asqueroso y la polera llena de tierra, y me fuí a comer una hamburguesa doble con queso y tocino.
El recuento de daños arrojó seis moretones, canillas machucadas, cuatro ampollas y dolor muscular desde aproximandamente la cervical... hasta el dedo pequeño del pie.
Pero, la experiencia queda, lo mismo que la foto en que cualquiera cree que yo lo estaba pasando genial.