No toda primera salida es una cita. Y no toda primera cita es un éxito. De hecho, unas cuantas son un desastre.
Un inconveniente es el lenguaje ¿Vamos a tomar un traguito? ¿Te tinca que hagamos algo? ¿Tienes algo que hacer en la noche? porque que no permite saber a la mujer si tiene una cita o no, hasta que se junta con el individuo.
A riesgo de exagerar, ella se toma una hora (adicional a las optativas de manicure y depilación) para ducharse, encremarse, aplicarse maquillaje plus (que incluye loción, crema, disimulador de ojeras, base, y otros), secarse el pelo, peinarse, vestirse, ponerse aros y zapatos, cambiarse aros y zapatos, trasvasijar las cosas de una cartera a otra, etcétera.
Si tiene mucha suerte, el contacto se producirá a la antigua, en la puerta de la residencia y con maripositas en el estómago.
Pero de esa maravilla no vamos a hablar hoy... sino del varón que, a la usanza moderna, la llama desde el celular diciendo ¡Estoy afuera! con voz de mal estacionado.
Ahí sale ella entre los pastelones, taconeando con esos zapatos lindos pero incómodos, no diseñados para caminar apurada, al encuentro del galán que espera en el auto semi cuneteado con los intermitentes prendidos.
Desde el interior él la mira sonriente, y mientras ella abre la puerta que tiende a cerrarse (recuerden que tiene las ruedas de ese lado sobre la vereda y el conductor "no" se bajó a abrir ni a saludar), baja la mirada desde la sonrisa del chofer hacia el tapiz y el piso, y comprueba que el interior de ese auto no se ha limpiado en semanas. Lo cual no es tan dramático (se autoconvence comprensiva) porque su auto también puede estar sucio. Así que sube a esa 4x4 ayudada de cuanta manilla encuentra a la redonda y contorneándose poco digna, pero se sube. Y saluda. Entonces, se fija en el conductor como de reojo y se da cuenta de que él no se tomó ni quince minutos para amononarse un poco, que su pelo no parece limpio y que con suerte se cambió de ropa, aunque mirando bien, tal vez anduvo con esos jeans todo el día. O desde ayer. Y como rematando el momento, él le pregunta si fuma, ella responde que no, y enciende un cigarrillo mientras maneja. En ese instante, la pseudo cita fracasó. Ya sea porque a ella le bajó la rabia de haberse arreglado tanto para tan poca consideración o porque se imaginó su futuro en una casa desordenada con los sillones pasados a cigarro.
Pero supongamos que en vez de ese especímen desordenado y al lote, se encontró con alguien que sí sale del auto para saludar, le abre la puerta, le ayuda a subir. Esa cita aún está en riesgo. Si él propone algo diciendo ¿Te gusta comer "tal cosa"? aún hay opciones. Pero si al ¿A dónde vamos? de él, ella responde Me da lo mismo -porque es chilena, y el chileno es así, apagadito cuando anda solo-, entonces ¡zas! él elige.
Y la lleva, a ella que es light y no toma bebidas con gas, al mejor restaurant de parrilladas que conoce y pide una para dos, especial. Entonces, con la cumbia de fondo, tratan de conocerse un poco, entre chunchul y chunchul que él se sirve en el plato, y ella que no mezcla carne con carbohidratos, obligada come lomo con media papa cocida y un poco de pebre, para sentir que ingiere verduras.
U ocurre lo contrario, y a ella que no es light sino que buena para comer y reggeatonera, la lleva a cenar sushi, y la pobre en su vida ha entendido cómo se toman los palitos, ni le gusta mucho la salsa de soya, menos el pescado crudo. Pero con un poco de creatividad, se las arregla para comerse los rolls envueltos en palta y con la excusa de la alergia disimula la lágrima después de haber probado el wasabi que le pica hasta los tuéteanos.
Si lo anterior en realidad resultó bien, aún queda un punto crucial. Porque muy guapo será y usará un perfume exquisito, pero si no engancha con ella en una conversación, está perdido.
Y en este punto muchas alternativas pueden resultar bien: que coincidan en música, destinos de viaje, pasatiempos, trabajo, experiencias de la vida; que ambos sean, simplemente, buenos conversadores; que uno sea bueno para hablar y el otro bueno para escuchar; que uno sea muy entretenido y al otro le encante su humor; que haya entre los dos una química especial y los silencios no sean incómodos.
O puede que él simplemente no hable. O peor aún, sea aburrido. Muuuyyy aburrido. Y ella sienta cómo se disipa su concentración y se pierde en pensamientos incoherentes como antesala de un sueño profundo. Pero, educadita como es, se incorpora, se ríe, agarra la última palabra y le hace un comentario, pone cara de interés, de sorpresa, pero sin exagerar porque lo peor sería causar demasiado interés en el contertulio. Pide un café para soportar estoica y piensa en qué estuvo que salió con él, pudiendo haberse quedado mirando la película romántica que daban en la tele.
Ahí sale ella entre los pastelones, taconeando con esos zapatos lindos pero incómodos, no diseñados para caminar apurada, al encuentro del galán que espera en el auto semi cuneteado con los intermitentes prendidos.
Desde el interior él la mira sonriente, y mientras ella abre la puerta que tiende a cerrarse (recuerden que tiene las ruedas de ese lado sobre la vereda y el conductor "no" se bajó a abrir ni a saludar), baja la mirada desde la sonrisa del chofer hacia el tapiz y el piso, y comprueba que el interior de ese auto no se ha limpiado en semanas. Lo cual no es tan dramático (se autoconvence comprensiva) porque su auto también puede estar sucio. Así que sube a esa 4x4 ayudada de cuanta manilla encuentra a la redonda y contorneándose poco digna, pero se sube. Y saluda. Entonces, se fija en el conductor como de reojo y se da cuenta de que él no se tomó ni quince minutos para amononarse un poco, que su pelo no parece limpio y que con suerte se cambió de ropa, aunque mirando bien, tal vez anduvo con esos jeans todo el día. O desde ayer. Y como rematando el momento, él le pregunta si fuma, ella responde que no, y enciende un cigarrillo mientras maneja. En ese instante, la pseudo cita fracasó. Ya sea porque a ella le bajó la rabia de haberse arreglado tanto para tan poca consideración o porque se imaginó su futuro en una casa desordenada con los sillones pasados a cigarro.
Pero supongamos que en vez de ese especímen desordenado y al lote, se encontró con alguien que sí sale del auto para saludar, le abre la puerta, le ayuda a subir. Esa cita aún está en riesgo. Si él propone algo diciendo ¿Te gusta comer "tal cosa"? aún hay opciones. Pero si al ¿A dónde vamos? de él, ella responde Me da lo mismo -porque es chilena, y el chileno es así, apagadito cuando anda solo-, entonces ¡zas! él elige.
Y la lleva, a ella que es light y no toma bebidas con gas, al mejor restaurant de parrilladas que conoce y pide una para dos, especial. Entonces, con la cumbia de fondo, tratan de conocerse un poco, entre chunchul y chunchul que él se sirve en el plato, y ella que no mezcla carne con carbohidratos, obligada come lomo con media papa cocida y un poco de pebre, para sentir que ingiere verduras.
U ocurre lo contrario, y a ella que no es light sino que buena para comer y reggeatonera, la lleva a cenar sushi, y la pobre en su vida ha entendido cómo se toman los palitos, ni le gusta mucho la salsa de soya, menos el pescado crudo. Pero con un poco de creatividad, se las arregla para comerse los rolls envueltos en palta y con la excusa de la alergia disimula la lágrima después de haber probado el wasabi que le pica hasta los tuéteanos.
Si lo anterior en realidad resultó bien, aún queda un punto crucial. Porque muy guapo será y usará un perfume exquisito, pero si no engancha con ella en una conversación, está perdido.
Y en este punto muchas alternativas pueden resultar bien: que coincidan en música, destinos de viaje, pasatiempos, trabajo, experiencias de la vida; que ambos sean, simplemente, buenos conversadores; que uno sea bueno para hablar y el otro bueno para escuchar; que uno sea muy entretenido y al otro le encante su humor; que haya entre los dos una química especial y los silencios no sean incómodos.
O puede que él simplemente no hable. O peor aún, sea aburrido. Muuuyyy aburrido. Y ella sienta cómo se disipa su concentración y se pierde en pensamientos incoherentes como antesala de un sueño profundo. Pero, educadita como es, se incorpora, se ríe, agarra la última palabra y le hace un comentario, pone cara de interés, de sorpresa, pero sin exagerar porque lo peor sería causar demasiado interés en el contertulio. Pide un café para soportar estoica y piensa en qué estuvo que salió con él, pudiendo haberse quedado mirando la película romántica que daban en la tele.