Sonó el despertador y lo siguiente que escuché fue una corneta de estadio de fútbol ¿la hora? 6:15 de la mañana. Era tan temprano para levantarse, que mi gata en vez de acompañarme como todos los días, se volvió a acostar.
Este día de junio, Santiago era otro. Chile jugaba su primer partido mundialero después de 12 años y unas largas clasificatorias.
Puede que en otros países exista vida "all night long", pero créanme que eso no sucede con Chile, en que somos remolones y tenemos la mala fama de llegar atrasados, incrustada en el adn.
Así que las bocinas antes del amanecer y el tráfico como de medio día, simplemente me emocionaron. Caminar a las 7 de la mañana, como nunca tan temprano para ir al trabajo, fue un gusto. El café de enfrente tenía una bandera de bienvenida y decoración con globos. En el negocio de abarrotes, también se colgó una bandera con un cartel "Vamos Chile" y hubo música festiva.
A esa hora en que suelen andar escasos caminantes, la esperanza de la hinchada tricolor hizo que el barrio llenara sus calles de pasos apresudaros y atuendos mundialeros.
Una pareja de jóvenes pololos, que seguramente nunca habían salido tan temprano hacia la universidad. Un niño con la cara pintada entre medio de sus padres, manchándoles las mangas con sus banderitas de maquillaje. Una competencia de vuvuzelas criollas entre unas jovencitas y algún estusiasta que les respondía desde un edificio. Un hombre con su novia tomada en una mano, y con la otra sosteniendo su gorro de tela. Los alumnos del colegio vecino llegando por montones casi una hora antes del inicio normal de clases. Un joven llevando del brazo a su amiga no vidente al lugar de encuentro (me pregunto a qué hora se levantó para pasarla a buscar). Y el hogar de ancianos tenía la tele prendida y el salón iluminado cuando pasé por ahí.
Si a uno le gusta el fútbol o no, este día era lo de menos. Lo mismo que el pronóstico de lluvia. Había televisores en las empresas, en los café, en las casas, en los restaurantes, en las vitrinas, en los paraderos de micro y una pantalla gigante en un edificio del centro. Quienes pasan la noche en la calle entre sus pocas pertenencias, por fin tenían una cita por la mañana. A las mujeres que no les gusta el fútbol, las levantaron sus hijos para estar temprano en el colegio. Las personas sordas, ciegas, discapacitadas o diferentes, se instalaron frente a la tele y nadie se preocupó de discriminar.
Este día, a nadie le importó la bulla ni el frío (ni el sentido del ridículo, a varios). No recuerdo otro momento que haya levantado a mi cuidad tan temprano. Se me viene el recuerdo de la noche en que el terremoto sacudió el sueño y sacó a las familias a la calle, pero para celebrar, nunca nos ví salir así. Nos sonreíamos sin saber quién era el otro, nos vestimos de rojo, organizamos desayunos, saboteamos prohibiciones de ver el partido.
Hoy me desperté agradecida por la felicidad del ambiente, pero agradecí al máximo el gol de ese equipo joven que no debe imaginar cómo el país madrugó para verlos mover esas lindas piernas (hay que decirlo) en el continente negro.
Ya es la mitad de la tarde pero cada cierto rato se escuchan vítores de fondo.
El que no participó de esta fiesta, fue porque no quizo, porque hubo entrada para todos.
Este día de junio, Santiago era otro. Chile jugaba su primer partido mundialero después de 12 años y unas largas clasificatorias.
Puede que en otros países exista vida "all night long", pero créanme que eso no sucede con Chile, en que somos remolones y tenemos la mala fama de llegar atrasados, incrustada en el adn.
Así que las bocinas antes del amanecer y el tráfico como de medio día, simplemente me emocionaron. Caminar a las 7 de la mañana, como nunca tan temprano para ir al trabajo, fue un gusto. El café de enfrente tenía una bandera de bienvenida y decoración con globos. En el negocio de abarrotes, también se colgó una bandera con un cartel "Vamos Chile" y hubo música festiva.
A esa hora en que suelen andar escasos caminantes, la esperanza de la hinchada tricolor hizo que el barrio llenara sus calles de pasos apresudaros y atuendos mundialeros.
Una pareja de jóvenes pololos, que seguramente nunca habían salido tan temprano hacia la universidad. Un niño con la cara pintada entre medio de sus padres, manchándoles las mangas con sus banderitas de maquillaje. Una competencia de vuvuzelas criollas entre unas jovencitas y algún estusiasta que les respondía desde un edificio. Un hombre con su novia tomada en una mano, y con la otra sosteniendo su gorro de tela. Los alumnos del colegio vecino llegando por montones casi una hora antes del inicio normal de clases. Un joven llevando del brazo a su amiga no vidente al lugar de encuentro (me pregunto a qué hora se levantó para pasarla a buscar). Y el hogar de ancianos tenía la tele prendida y el salón iluminado cuando pasé por ahí.
Si a uno le gusta el fútbol o no, este día era lo de menos. Lo mismo que el pronóstico de lluvia. Había televisores en las empresas, en los café, en las casas, en los restaurantes, en las vitrinas, en los paraderos de micro y una pantalla gigante en un edificio del centro. Quienes pasan la noche en la calle entre sus pocas pertenencias, por fin tenían una cita por la mañana. A las mujeres que no les gusta el fútbol, las levantaron sus hijos para estar temprano en el colegio. Las personas sordas, ciegas, discapacitadas o diferentes, se instalaron frente a la tele y nadie se preocupó de discriminar.
Este día, a nadie le importó la bulla ni el frío (ni el sentido del ridículo, a varios). No recuerdo otro momento que haya levantado a mi cuidad tan temprano. Se me viene el recuerdo de la noche en que el terremoto sacudió el sueño y sacó a las familias a la calle, pero para celebrar, nunca nos ví salir así. Nos sonreíamos sin saber quién era el otro, nos vestimos de rojo, organizamos desayunos, saboteamos prohibiciones de ver el partido.
Hoy me desperté agradecida por la felicidad del ambiente, pero agradecí al máximo el gol de ese equipo joven que no debe imaginar cómo el país madrugó para verlos mover esas lindas piernas (hay que decirlo) en el continente negro.
Ya es la mitad de la tarde pero cada cierto rato se escuchan vítores de fondo.
El que no participó de esta fiesta, fue porque no quizo, porque hubo entrada para todos.
Y aunque los académicos de la lengua digan que es una frase negativa, totalmente inadecuada para referirse a un país y de poco patriotismo, hay que decir lo que al hommo chilensis se nos sale en días como hoy: ¡¡Viva Chile Mierda!!