Me sonaba a "pileta" y lo relacionaba con un balón gigante. Pero era la clase a la que iba mi amiga, el único inmediato reemplazo al gimnasio y había un cupo. Entonces, del mismo modo que acepto todas las cosas que me manda el universo de manera tan obvia, me inscribí.
Más bien no. No me inscribí. Luego de la amable recomendación de una secretaria, "vuelva mañana", la verdad es que mi primera clase fue aquella en que me escabullí.
En el salón hay un espejo de lado a lado, música con sonidos naturales de fondo, y una profesora de modesto tamaño y tonificados músculos. Fuera zapatillas porque se practica sin ellas. Dos pequeñas colchonetas unidas para convertirlas en una más grande delante de cada uno, vista hacia el espejo, y comenzamos. Respiramos profundo y por un largo rato nos mantenemos estirando para allá y para acá sin mayor exigencia, con lo cual llegué a presumir que aquello era demasiado fácil. Hasta que de pronto, con vocecilla inocente la diminuta profesora nos indica tomar posición de espaldas sobre la colchoneta, manos tras la cabeza, flectar piernas, levantar hombros "yyyyyyyyy .... uuuunooo.... doooos...." (las mismas abdominales cortitas que yo hacía en el gimnasio pero ahora con el agravante de los exteeeensooos tiempos). Y claro, uno piensa "de éstas hago las que quieran", y como si ella pudiera escucharnos, va y dice, "ahora lo mismo, pero..." estirando una pierna y recogiendo la otra, o con las dos piernas flectadas uniendo al centro con los codos, o cruzando el cuerpo en diagonal al subir, o, peor aún, con las piernas extendidas hacia el cielo. Lo terrible no es el dolor agudo de no haber ejercitado ese músculo en días -tal vez años, tal vez nunca-, sino la humillación de que las extremidades tiriten como mandándose solas. Esa primera y tiritona experiencia, es una gran lección de humildad respecto a nuestro propio cuerpo.
Más bien no. No me inscribí. Luego de la amable recomendación de una secretaria, "vuelva mañana", la verdad es que mi primera clase fue aquella en que me escabullí.
En el salón hay un espejo de lado a lado, música con sonidos naturales de fondo, y una profesora de modesto tamaño y tonificados músculos. Fuera zapatillas porque se practica sin ellas. Dos pequeñas colchonetas unidas para convertirlas en una más grande delante de cada uno, vista hacia el espejo, y comenzamos. Respiramos profundo y por un largo rato nos mantenemos estirando para allá y para acá sin mayor exigencia, con lo cual llegué a presumir que aquello era demasiado fácil. Hasta que de pronto, con vocecilla inocente la diminuta profesora nos indica tomar posición de espaldas sobre la colchoneta, manos tras la cabeza, flectar piernas, levantar hombros "yyyyyyyyy .... uuuunooo.... doooos...." (las mismas abdominales cortitas que yo hacía en el gimnasio pero ahora con el agravante de los exteeeensooos tiempos). Y claro, uno piensa "de éstas hago las que quieran", y como si ella pudiera escucharnos, va y dice, "ahora lo mismo, pero..." estirando una pierna y recogiendo la otra, o con las dos piernas flectadas uniendo al centro con los codos, o cruzando el cuerpo en diagonal al subir, o, peor aún, con las piernas extendidas hacia el cielo. Lo terrible no es el dolor agudo de no haber ejercitado ese músculo en días -tal vez años, tal vez nunca-, sino la humillación de que las extremidades tiriten como mandándose solas. Esa primera y tiritona experiencia, es una gran lección de humildad respecto a nuestro propio cuerpo.
En alguna clase siguiente nos topamos con la rutina de las piernas, y uno cree que porque camina y se ejercita con trote una vez a la semana no debiera ser difícil. Error. La postura es simple: de costado, con el codo en la colchoneta y la mano afirmando la cabeza. Uno se mira al espejo y hasta se ve bonita. Y empieza... "pierna estirada, saque talón, abdomen y glúteos firmes".... "sube la pierna y uuuunooo, doooooos, treeeees.... diecinueeeeeveee, y últimooooo..... veinte ¡MANTENGA!" ¿qué? ¿dijo "mantenga"? ¿la pierna adolorida y casi acalambrada? Sí, eso dijo. Y luego indica "ahora pequeños círculos" que se repiten otras veeeeinte veces. Y "ahora en el otro sentido"... y qué sentido ni nada, yo a mi pierna ya no la siento!!
Lo peor fue oír de la mismísima profesora que no podemos usar los balones gigantes porque aún no estamos en condiciones físicas para replicar sobre ellos lo que hacemos en suelo. Rayos. Y yo que veía tan sonrientes a esas mujeres en el infomercial del kit, con sus caritas de ¡Llame ya!
Muy importante es concentrarse, escuchar, seguir la instrucción y hacer el ejercicio como si uno se estuviera jugando la vida. Como aquella vez hace pocos días en que recostada en el suelo, con las piernas estiradas y en 45°, el mentón al pecho, la mirada hacia el ombligo y moviendo por mucho rato los brazos arriba y abajo, de mi ojo derecho se escapó una lágrima.
Hola te saluda la diminuta profesora,la que causante de que brotara una lagrima de tu ojo ,jajajajajaj,muy bueno tus comentarios sobre la clase ,me alegra haber inspirado esto ,y es bueno saber desde otro punto de vista que sienten en la clase.
ResponderEliminarTe felicito por el compromiso con la clase ,se nota que te esfuerzas y lo haces a conciencia ,eso se agradece. Nos vemos en clase.
Un abrazo.
Karen.