lunes, 10 de noviembre de 2008

Primera Cita


No toda primera salida es una cita. Y no toda primera cita es un éxito. De hecho, unas cuantas son un desastre.
Un inconveniente es el lenguaje ¿Vamos a tomar un traguito? ¿Te tinca que hagamos algo? ¿Tienes algo que hacer en la noche? porque que no permite saber a la mujer si tiene una cita o no, hasta que se junta con el individuo.

A riesgo de exagerar, ella se toma una hora (adicional a las optativas de manicure y depilación) para ducharse, encremarse, aplicarse maquillaje plus (que incluye loción, crema, disimulador de ojeras, base, y otros), secarse el pelo, peinarse, vestirse, ponerse aros y zapatos, cambiarse aros y zapatos, trasvasijar las cosas de una cartera a otra, etcétera.

Si tiene mucha suerte, el contacto se producirá a la antigua, en la puerta de la residencia y con maripositas en el estómago.

Pero de esa maravilla no vamos a hablar hoy... sino del varón que, a la usanza moderna, la llama desde el celular diciendo ¡Estoy afuera! con voz de mal estacionado.

Ahí sale ella entre los pastelones, taconeando con esos zapatos lindos pero incómodos, no diseñados para caminar apurada, al encuentro del galán que espera en el auto semi cuneteado con los intermitentes prendidos.

Desde el interior él la mira sonriente, y mientras ella abre la puerta que tiende a cerrarse (recuerden que tiene las ruedas de ese lado sobre la vereda y el conductor "no" se bajó a abrir ni a saludar), baja la mirada desde la sonrisa del chofer hacia el tapiz y el piso, y comprueba que el interior de ese auto no se ha limpiado en semanas. Lo cual no es tan dramático (se autoconvence comprensiva) porque su auto también puede estar sucio. Así que sube a esa 4x4 ayudada de cuanta manilla encuentra a la redonda y contorneándose poco digna, pero se sube. Y saluda. Entonces, se fija en el conductor como de reojo y se da cuenta de que él no se tomó ni quince minutos para amononarse un poco, que su pelo no parece limpio y que con suerte se cambió de ropa, aunque mirando bien, tal vez anduvo con esos jeans todo el día. O desde ayer. Y como rematando el momento, él le pregunta si fuma, ella responde que no, y enciende un cigarrillo mientras maneja. En ese instante, la pseudo cita fracasó. Ya sea porque a ella le bajó la rabia de haberse arreglado tanto para tan poca consideración o porque se imaginó su futuro en una casa desordenada con los sillones pasados a cigarro.

Pero supongamos que en vez de ese especímen desordenado y al lote, se encontró con alguien que sí sale del auto para saludar, le abre la puerta, le ayuda a subir. Esa cita aún está en riesgo. Si él propone algo diciendo ¿Te gusta comer "tal cosa"? aún hay opciones. Pero si al ¿A dónde vamos? de él, ella responde Me da lo mismo -porque es chilena, y el chileno es así, apagadito cuando anda solo-, entonces ¡zas! él elige.
Y la lleva, a ella que es light y no toma bebidas con gas, al mejor restaurant de parrilladas que conoce y pide una para dos, especial. Entonces, con la cumbia de fondo, tratan de conocerse un poco, entre chunchul y chunchul que él se sirve en el plato, y ella que no mezcla carne con carbohidratos, obligada come lomo con media papa cocida y un poco de pebre, para sentir que ingiere verduras.
U ocurre lo contrario, y a ella que no es light sino que buena para comer y reggeatonera, la lleva a cenar sushi, y la pobre en su vida ha entendido cómo se toman los palitos, ni le gusta mucho la salsa de soya, menos el pescado crudo. Pero con un poco de creatividad, se las arregla para comerse los rolls envueltos en palta y con la excusa de la alergia disimula la lágrima después de haber probado el wasabi que le pica hasta los tuéteanos.

Si lo anterior en realidad resultó bien, aún queda un punto crucial. Porque muy guapo será y usará un perfume exquisito, pero si no engancha con ella en una conversación, está perdido.
Y en este punto muchas alternativas pueden resultar bien: que coincidan en música, destinos de viaje, pasatiempos, trabajo, experiencias de la vida; que ambos sean, simplemente, buenos conversadores; que uno sea bueno para hablar y el otro bueno para escuchar; que uno sea muy entretenido y al otro le encante su humor; que haya entre los dos una química especial y los silencios no sean incómodos.
O puede que él simplemente no hable. O peor aún, sea aburrido. Muuuyyy aburrido. Y ella sienta cómo se disipa su concentración y se pierde en pensamientos incoherentes como antesala de un sueño profundo. Pero, educadita como es, se incorpora, se ríe, agarra la última palabra y le hace un comentario, pone cara de interés, de sorpresa, pero sin exagerar porque lo peor sería causar demasiado interés en el contertulio. Pide un café para soportar estoica y piensa en qué estuvo que salió con él, pudiendo haberse quedado mirando la película romántica que daban en la tele.

viernes, 7 de noviembre de 2008

¿Cómo me dijo?

Llegué radiante, con mi mat al hombro y un libro para leer porque aún era temprano. El pelo tomado, pantalón deportivo y zapatillas ¿qué más juvenil? Me senté a esperar en el hall, justo al lado de una jovencita de unos 16 años que observaba el lugar en detalle. Y de pronto ese momento perfecto en que mantenía una expresión sonriente por lo que estaba leyendo, fue repentinamente interrumpido por un "SEÑORA ¿qué hay bajando esa escalera?". Yo, que me había volteado a mirarla con mi estúpida sonrisa en la cara, no podía más que mantenerla para disimular. "¿Me dijo señora?" pensé, al tiempo que me recorría una especie de furia interna muy distante de mi espiritualidad de día jueves después de yoga y antes de pilates, y se me pasaban pensamientos como "¿cómo que señora, enana del demonio?" o "respira lento y profundo, respira lento y profundo".

No es que ser una señora tenga nada de malo, de hecho es una condición a la que aspira un importante segmento de solteras en este país. Y aunque en un par de segundos logré hacerme ese comentario como medio para calmar las ganas de aforrarle a la chiquilla, una vez controlado el mal rato, me dediqué a analizar por qué me dolió tanto que se dirigiera a mí de ese modo.

No es el estado civil lo que ofende, ni la realidad de que a esta edad podría estar llena de hijos y ser efectivamente una señora en su sentido más íntegro. Es simplemente que, en ese pequeño lapsus de tiempo yo decodifiqué la palabra "señora" como... "vieja".

¿Me dijo vieja? en el fondo de mi corazón paralizado por la conmoción odié estar a tantísima lejanía de una adolescente como la que yo fuí hace ¡tan poco! He ahí el problema... no fue hace tan poco.

Por más que insista en que soy igual que a los 15 años y que me vea más joven que con el look "traje y zapatito reina" de mis 25, la verdad es que la tierna edad de la pubertad pasó hace rato. Más de media vida atrás. Y efectivamente, soy el mercado objetivo de los que quieren administrar mis fondos para la jubilación. El tiempo pasó y no me dí cuenta cuándo la generación más joven dejó de decirme "oye" para pasar a decirme "tía".

Con mis 80 años a la rastra, después de lo que me dijo esa niñita insolente, entré a la clase y me instalé en primera fila frente al espejo. Después de todo, para ser una anciana, me sentía y veía bastante bien.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Al costado Este, pasando la cordillera.

A mí me emociona cualquier viaje. Ya salir de Santiago con destino a otra localidad me alegra. Siempre hay algo novedoso que ver, que oler, que oír.
Así que cuando mi extraño destino me llevó a vivir a Córdoba, Argentina, yo simplemente caminaba a dos centímetros del suelo de tanta emoción. Estando allá quería tragarme los sabores, los aromas, los paisajes y la forma de hablar de la gente, para traerlos conmigo.

Cuando recién se llega a un nuevo país, el excitante proceso de insertarse en otro lugar se lleva toda nuestra atención. Pero de un día para el otro me convertí en un peatón más que caminaba y caminaba porque no sabía cuál "colectivo" tomar. Hasta que ya deduciendo el recorrido correcto, me lo quedé mirando mientras recordaba que no tenía cospel, monedita pre pagada que uno le entrega al conductor para que le permita subir.

Pero ¿qué tan difícil puede resultar acostumbrarse a nuestros vecinos si, además, hablan el mismo idioma? Ay soberbia la mía.

Recuerdo cómo quedé en blanco la primera vez que me dijeron "¿tenés birome?"... ¿si tengo qué?... peor que en inglés, porque no hay de dónde agarrar el idioma para tratar de adivinar que el significado de esa palabra es lo que en Chile llamamos lápiz (de) pasta.
"Cebate un mate", "linda la remera" (¿ramera? no, remera), "comprate el juego de bombachita y corpiño", "¿te tomás un submarino?", "se me tildó la máquina", "no tengo un mango", y aunque rápidamente intuía el significado de lo que se podía, pasaba todos los días alguna prueba. Como aquel en que llegué al almacén y pedí "cinco láminas de jamón". Me quedaron mirando los dependientes, pero yo estaba acostumbrada a tener que buscar un sinónimo que se entendiera, así que dije "tajadas de jamón". Nada, miradas inexpresivas. "¿Rebanadas?". Miradas perdidas. "¿Lonjas?". NADA ¿cómo era posible? hasta que usé el recurso de la mímica y moví mi manito como cortando delgadas láminas de un jamón imaginario, y sin mayor excitación, el dueño me dijo "ah, fetas" ¿fetas? Uff.
Cocinar en tierras trasandinas era un verdadero logro, qué otra cosa con términos como locro, soja, pastafrola, colita de cuadril, mondongo, vacío, ananá, batata, achuras y sin poder encontrar cilantro para un rico pebre. Por cierto, muchas preparaciones son distintas y las mías no causaban el furor esperado: como la palta que nadie le puso a los "panchos" (hot dogs), las milanesas desabridas apanadas sin aliño, la bolognesa extra salada porque las salsas de tomates son distintas y el pésimo doblez de las empanadas.

Para el frío la campera, a bailar al boliche, una vincha para el pelo, tomar agua de la canilla, la cucha del perro, firmar ante escribano, las hornallas de la cocina, nafta para el auto, calentar la pava, jugar truco, ir en remís, ponerse ruleros, no tener guita, ser morocho, preparar una vaca con cuero (aderezada con chimuchurri, por cierto).

Curro, pegatina, quiniela, saco, tránsfuga, abrojo, bombita, telgopor, choto, loncha, lavandina, linyera, morfar, pochoclo o pororó, pupo, quilombo y mi palabra preferida, soquete ¡Cientos! cientos de palabras que no se entienden o significan algo totalmente distinto que a este lado de los Andes.

Y no sólo eso. Decir "detergente" cuando tratas de decir lavalozas es erróneo, y se ve pésimo ir en "ojotas" al "shopping" o beber en la calle una "gaseosa" sin "sorbete" (yo hice todo eso, por eso lo sé de primera fuente).

martes, 4 de noviembre de 2008

Pilates

Me sonaba a "pileta" y lo relacionaba con un balón gigante. Pero era la clase a la que iba mi amiga, el único inmediato reemplazo al gimnasio y había un cupo. Entonces, del mismo modo que acepto todas las cosas que me manda el universo de manera tan obvia, me inscribí.
Más bien no. No me inscribí. Luego de la amable recomendación de una secretaria, "vuelva mañana", la verdad es que mi primera clase fue aquella en que me escabullí.
En el salón hay un espejo de lado a lado, música con sonidos naturales de fondo, y una profesora de modesto tamaño y tonificados músculos. Fuera zapatillas porque se practica sin ellas. Dos pequeñas colchonetas unidas para convertirlas en una más grande delante de cada uno, vista hacia el espejo, y comenzamos. Respiramos profundo y por un largo rato nos mantenemos estirando para allá y para acá sin mayor exigencia, con lo cual llegué a presumir que aquello era demasiado fácil. Hasta que de pronto, con vocecilla inocente la diminuta profesora nos indica tomar posición de espaldas sobre la colchoneta, manos tras la cabeza, flectar piernas, levantar hombros "yyyyyyyyy .... uuuunooo.... doooos...." (las mismas abdominales cortitas que yo hacía en el gimnasio pero ahora con el agravante de los exteeeensooos tiempos). Y claro, uno piensa "de éstas hago las que quieran", y como si ella pudiera escucharnos, va y dice, "ahora lo mismo, pero..." estirando una pierna y recogiendo la otra, o con las dos piernas flectadas uniendo al centro con los codos, o cruzando el cuerpo en diagonal al subir, o, peor aún, con las piernas extendidas hacia el cielo. Lo terrible no es el dolor agudo de no haber ejercitado ese músculo en días -tal vez años, tal vez nunca-, sino la humillación de que las extremidades tiriten como mandándose solas. Esa primera y tiritona experiencia, es una gran lección de humildad respecto a nuestro propio cuerpo.
En alguna clase siguiente nos topamos con la rutina de las piernas, y uno cree que porque camina y se ejercita con trote una vez a la semana no debiera ser difícil. Error. La postura es simple: de costado, con el codo en la colchoneta y la mano afirmando la cabeza. Uno se mira al espejo y hasta se ve bonita. Y empieza... "pierna estirada, saque talón, abdomen y glúteos firmes".... "sube la pierna y uuuunooo, doooooos, treeeees.... diecinueeeeeveee, y últimooooo..... veinte ¡MANTENGA!" ¿qué? ¿dijo "mantenga"? ¿la pierna adolorida y casi acalambrada? Sí, eso dijo. Y luego indica "ahora pequeños círculos" que se repiten otras veeeeinte veces. Y "ahora en el otro sentido"... y qué sentido ni nada, yo a mi pierna ya no la siento!!
Lo peor fue oír de la mismísima profesora que no podemos usar los balones gigantes porque aún no estamos en condiciones físicas para replicar sobre ellos lo que hacemos en suelo. Rayos. Y yo que veía tan sonrientes a esas mujeres en el infomercial del kit, con sus caritas de ¡Llame ya!
Muy importante es concentrarse, escuchar, seguir la instrucción y hacer el ejercicio como si uno se estuviera jugando la vida. Como aquella vez hace pocos días en que recostada en el suelo, con las piernas estiradas y en 45°, el mentón al pecho, la mirada hacia el ombligo y moviendo por mucho rato los brazos arriba y abajo, de mi ojo derecho se escapó una lágrima.

Amigo

La amistad es, en ciertos casos, la excusa perfecta para conocer mejor a alguien soltero y por eso es tan recurrente la teoría de que no existe entre hombres y mujeres. Sin más, se ha desvirtuado el término "amigo", de manera que en él caben los de pretendiente, prospecto, andante, además de sus variantes "amigo con ventaja", "amigovio", "amigui", etc.

Yo defiendo mi creencia de que la amistad con los tipos de Marte, existe. No en su significado de "amancebamiento" que describe la mismísima R.A.E., que sí (uff) claro que existe, sino en el otro.

Simplemente, se desarrolla desde una primera visita, de verdad casual, a su casa. Sin tensión romántica, ni tiempo para ordenar y con razones previas como "voy a pasar a dejar esto" o "acompáñame a buscar algo" o "vente a almorzar, que tengo un poco de comida que sobró de ayer". Si han llegado juntos, él abre la puerta, entra primero y se va al baño, y te deja a mitad de pasillo sin sugerirte que te sientes. Luego te enseña su pieza, su tele, su computador, su colección de autitos, sus comics, los cinturones y diplomas que posee en artes marciales, el shampoo que usa para la caída del cabello, te explica cómo logró conectar la lavadora, y no te ofrece ni agua. Si tiene mascotas, te pone el gato en el cuello sin preguntar si eres alérgica o deja que el perro ponga su pata sucia sobre tu ropa. En el momento en que abrió su closet como si te trataras de su hermana, este soltero interesante, guapo, independiente e intelectual, te ha comenzado a abrir su corazón. Su corazón de "amigo", así que si tus fines son otros, arranca o ármate de valor.
En las visitas siguientes, él deja de insistir en que no laves la loza y terminas aseando los vasos pegoteados que en una semana no se ha dignado a limpiar. Comienza a aceptar que le ayudes o pide los favores más diversos, desde que le vayas a hacer cariño al gato mientras se encuentre de viaje hasta hacer sus compras del supermercado, pasando por acarrearlo con su ropa sucia a la casa de sus padres cuando se le estropea la máquina y surtirlo de medicamentos cuando está ridículamente enfermo (porque en mejores condiciones, querrá que lo ayude alguna mujer que le interese). Eso sí, jamás abusará de tu ayuda, no dejará que laves una olla con comida pegada o pases virutilla al piso, porque a pesar de que te haga chistes idiotas y te ponga un sobrenombre horrible, tú sigues siendo una dama para él.
Estando contigo cantará aunque lo haga pésimo, bailará como si estuviera solo, te pedirá que le tomes una foto con alguna de sus macanas, inventará contigo un idioma paralelo con un lenguaje ridículo y te dará a probar sus inventos culinarios (sin importar cuán feos puedan saber, por eso te los da a ti). Podrá incluso confundirse y pedirte ayuda para maestrear, pero en ciertos momentos te mirará con dulzura como recordando que eres mujer.

Síntoma inconfundible de la cercanía entre ambos puede ser el doméstico acto de ordenar ropa limpia. Si permanecen sentados en extremos de su cama, conversando como si nada, mientras doblan calzoncillos y enrollan calcetines, la amistad se ha consolidado.

Este mismo tipo, no por ruin ni por hombre, sino por humano, se alejará de ti cuando consiga novia, y volverá cuando la haya perdido (o dejado, o cambiado). Es muy probable que olvide el día de tu cumpleaños, pero si lo recuerda, te dará algunos de los mejores regalos de tu vida gracias a su creatividad para no gastar en exceso y el grado de conocimiento que tiene de ti. Te dirá cuando está aburrido y podrá pedirte que te vayas de su casa, lo que te parecerá un desatino hasta que descubras que es maravilloso poder hacer lo mismo con él. Jamás se molestará si respondes "no puedo" a una invitación y no verá gratuitamente una mala intención en ti, hagas lo que hagas. Te dirá "te llamo en seguida" y pasarán semanas, o lo dirás tú, pero nunca habrá un reproche entre los dos.

A ratos puede que él mismo no entienda qué le pasa y se aleje para verificar si no se está haciendo dependiente, volviendo gay o enamorando de ti. Pasadas estas fases de introspección, reconocerá alguna vez que eres su gran amiga y pasarás a formar parte del selecto clan que conforman sus mujeres incondicionales: su mamá, su abuelita y alguna nana de la infancia.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Treinta y tantos

Durante la adolescencia, lo único que queremos es ser como el resto de las mujeres de nuestra edad, pero nunca lo somos. Dentro de nuestra cabeza nos vemos gordas, flacas, altas, bajas, muy crespas, demasiado lisas. Nunca, en esos años tan lindos, somos totalmente felices con quienes somos, ni con la casa en que vivimos o los padres que tenemos; parecemos tener la percepción desenfocada.

Si hay algo buenísimo de tener treinta y tantos, es que muchas llegamos a la bendición de querernos con la realidad que traemos a cuestas. Volvemos a encariñarnos con nuestro cabello, con la forma de nuestras uñas, con el ancho de nuestras caderas, como cuando éramos niñas y eso no importaba. Más aún, ya no queremos parecernos al resto, sino disfrutar de lo que nos hace distintas, como si una racha de amor propio se nos viniera encima. Dejamos de pensar en la mala suerte de tener más grasa de la que necesitamos y asumimos que es falta de ejercicio o exceso de alimentos. Volvemos a conectarnos con la realidad, con lo que somos y lo que hemos vivido, que cuando ya pasamos la tercera década, suele ser bastante. Somos casadas, separadas, reincidentes, madres, madrastras, trabajadoras, amigas, solteronas, madrinas, cuncubinas, amantes, y ya hemos tenido alguna experiencia en el diván de algún psicólogo (no indecorosa, me refiero a la de paciente), o leído libros de autoayuda, o conocido a un hombre insensible. Imposible, entonces, no sentir orgullo de haber llegado hasta aquí. Porque la vida para una mujer ya es difícil desde aquella edad llena de complejos, pasando por depilarse, caminar con tacos altos, teñirse el cabello cada medio centímetro de raíz, mantener el ombligo adentro, encontrar aquella primera arruga al costado de los ojos y la maldita cana que ves ¡¡cuando ya no te querías teñir más!!

Todavía cargamos miedos, pero a veces los olvidamos o incluso, nos hacemos sus amigas. Aprendemos a decir que no, y a elegir mejor nuestros afectos. Nos reímos con más ganas ¿han notado? no nos importa si todo el lugar está mirando, nos reimos con golpe de mesa y sacamos una foto para no olvidar el momento. Decidimos que es mejor panorama salir con las amigas que con un hombre, a menos que sea una cita con algún grado de futuro o una conmemoración del tipo aniversario. Comprendemos que nadie querrá estar con nosotras si no disfrutamos primero de nuestra soledad y que nuestra felicidad no puede estar en manos de alguien más.

Llegamos a querernos de una forma sana, libre, simple; a cuidarnos, a estar alerta, y a amar con soberbia pasión. Le llaman la Crisis de los 35, yo le llamaría la Bendición de los Treinta y tantos.

Génesis

Al parecer yo aprendí a conversar antes que a hablar. Eso deduzco de las veces que he oído a mi madre decir que siendo muy pequeña los niños me rodeaban mientras yo contaba historias, combinando un lenguaje totalmente incomprensible para cualquier oído sano con mi característico movimiento de manos. Con el tiempo -y el habla- fuí diversificando mi estilo y mi público, especializándome a corta edad en conversaciones con adultos, gracias a la forma respetuosa que heredé de una vecindad llena de gente mayor y unos adorables tíos abuelos.
Cuando por fin (durante el último mes de plazo antes de repetir el curso) aprendí a escribir, exageré el uso de los signos de exclamación e interrogación, las mayúsculas y los puntos suspensivos, y no logré ocupar el ancho total de una página a causa de haber pasado tanto tiempo haciendo palotes en un cuaderno mucho más pequeño, pero eso no impidió que comenzara a escribir cartas, que fueron mi escape creativo desde la infancia.
Dada mi facilidad para la argumentación, a los ocho años me vaticinaron un gran futuro como abogada; sin embargo, en mi extrañeza prematura yo quería ser ornitóloga, profesión que desheché por ser demasiado desconocida y confundida con la de "odontóloga".
Mis días de colegio los recuerdo al revés, dada media vuelta en mi asiento conversando hacia atrás. Si hubiese entendido que la clave era sentarme detrás de las niñas a quienes quería conversarles, tal vez me habría ahorrado muchas expulsiones de la sala. El colegio me dejaba de gustar cuando me pedían la tarea hecha que yo, por supuesto, no había recordado hacer, y cuando me obligaban a tejer. Y a leer un libro. Y a pintar sin salirme del contorno. Y a hacer composiciones de un tema que yo no elegía. Creo que, básicamente, no me gustaba el colegio.
Amaba incondicionalmente, sí, mi taller de Teatro. No sentí decepción al recibir la noticia de que mi papel en la obra era el de una araña, sin diálogo, casi parte de la escenografía. Mi profesor alentó todas mis ideas y me permitió incluso decir una línea. Para ser araña colgué un tejido en la esquina del escenario, conseguí un par de palillos de enormes, y me vestí de negro tiñendo mi cara con betún. También conseguí que mi entrada fuera desde atrás del público. Así se transformó en un gran papel, para mi profesor nunca dejé de ser "la araña" y recuerdo la cara de espanto de las niñitas más pequeñas al verme entrar por sus costados a escena. Dicho sea de paso, no recuerdo la línea que inventé, pero sí, que el público se reía.

Así como en kinder me reprendieron por pintar un perro con franjas de colores y me enteré de que no hay que hacer lo que uno siente si no lo que la profesora quiere, parece que la vida permitió que yo guardara sólo para mí, y algunas sobremesas, la afición de contar historias. Sin embargo, como de adultos nos liberamos de muchos pudores (en su primera acepción) decidí que me gusta mi extraña vida y mi, no menos excéntrica, forma de verlo todo como en caricaturas. Y me entretiene inventar diálogos con los perros en la calle o piropear a un tipo guapo -incluso si se ha bajado de mi propio auto- cuando voy a puerta (y ventana) cerrada. Hay cosas de uno mismo que no se pueden negar.
Pasé años reteniendo imágenes en mi memoria hasta que tuve mi primera cámara de fotos, y asimismo hay varias historias que salen solas por mi dedos a partir de la creación de mi primer blog y de éste, que es el pequeño mundo en que comparto con ustedes mi humana y discreta forma de ver.