A mí me emociona cualquier viaje. Ya salir de Santiago con destino a otra localidad me alegra. Siempre hay algo novedoso que ver, que oler, que oír.
Así que cuando mi extraño destino me llevó a vivir a Córdoba, Argentina, yo simplemente caminaba a dos centímetros del suelo de tanta emoción. Estando allá quería tragarme los sabores, los aromas, los paisajes y la forma de hablar de la gente, para traerlos conmigo.
Cuando recién se llega a un nuevo país, el excitante proceso de insertarse en otro lugar se lleva toda nuestra atención. Pero de un día para el otro me convertí en un peatón más que caminaba y caminaba porque no sabía cuál "colectivo" tomar. Hasta que ya deduciendo el recorrido correcto, me lo quedé mirando mientras recordaba que no tenía cospel, monedita pre pagada que uno le entrega al conductor para que le permita subir.
Pero ¿qué tan difícil puede resultar acostumbrarse a nuestros vecinos si, además, hablan el mismo idioma? Ay soberbia la mía.
Recuerdo cómo quedé en blanco la primera vez que me dijeron "¿tenés birome?"... ¿si tengo qué?... peor que en inglés, porque no hay de dónde agarrar el idioma para tratar de adivinar que el significado de esa palabra es lo que en Chile llamamos lápiz (de) pasta.
"Cebate un mate", "linda la remera" (¿ramera? no, remera), "comprate el juego de bombachita y corpiño", "¿te tomás un submarino?", "se me tildó la máquina", "no tengo un mango", y aunque rápidamente intuía el significado de lo que se podía, pasaba todos los días alguna prueba. Como aquel en que llegué al almacén y pedí "cinco láminas de jamón". Me quedaron mirando los dependientes, pero yo estaba acostumbrada a tener que buscar un sinónimo que se entendiera, así que dije "tajadas de jamón". Nada, miradas inexpresivas. "¿Rebanadas?". Miradas perdidas. "¿Lonjas?". NADA ¿cómo era posible? hasta que usé el recurso de la mímica y moví mi manito como cortando delgadas láminas de un jamón imaginario, y sin mayor excitación, el dueño me dijo "ah, fetas" ¿fetas? Uff.
Cocinar en tierras trasandinas era un verdadero logro, qué otra cosa con términos como locro, soja, pastafrola, colita de cuadril, mondongo, vacío, ananá, batata, achuras y sin poder encontrar cilantro para un rico pebre. Por cierto, muchas preparaciones son distintas y las mías no causaban el furor esperado: como la palta que nadie le puso a los "panchos" (hot dogs), las milanesas desabridas apanadas sin aliño, la bolognesa extra salada porque las salsas de tomates son distintas y el pésimo doblez de las empanadas.
Para el frío la campera, a bailar al boliche, una vincha para el pelo, tomar agua de la canilla, la cucha del perro, firmar ante escribano, las hornallas de la cocina, nafta para el auto, calentar la pava, jugar truco, ir en remís, ponerse ruleros, no tener guita, ser morocho, preparar una vaca con cuero (aderezada con chimuchurri, por cierto).
Curro, pegatina, quiniela, saco, tránsfuga, abrojo, bombita, telgopor, choto, loncha, lavandina, linyera, morfar, pochoclo o pororó, pupo, quilombo y mi palabra preferida, soquete ¡Cientos! cientos de palabras que no se entienden o significan algo totalmente distinto que a este lado de los Andes.
Y no sólo eso. Decir "detergente" cuando tratas de decir lavalozas es erróneo, y se ve pésimo ir en "ojotas" al "shopping" o beber en la calle una "gaseosa" sin "sorbete" (yo hice todo eso, por eso lo sé de primera fuente).
Así que cuando mi extraño destino me llevó a vivir a Córdoba, Argentina, yo simplemente caminaba a dos centímetros del suelo de tanta emoción. Estando allá quería tragarme los sabores, los aromas, los paisajes y la forma de hablar de la gente, para traerlos conmigo.
Cuando recién se llega a un nuevo país, el excitante proceso de insertarse en otro lugar se lleva toda nuestra atención. Pero de un día para el otro me convertí en un peatón más que caminaba y caminaba porque no sabía cuál "colectivo" tomar. Hasta que ya deduciendo el recorrido correcto, me lo quedé mirando mientras recordaba que no tenía cospel, monedita pre pagada que uno le entrega al conductor para que le permita subir.
Pero ¿qué tan difícil puede resultar acostumbrarse a nuestros vecinos si, además, hablan el mismo idioma? Ay soberbia la mía.
Recuerdo cómo quedé en blanco la primera vez que me dijeron "¿tenés birome?"... ¿si tengo qué?... peor que en inglés, porque no hay de dónde agarrar el idioma para tratar de adivinar que el significado de esa palabra es lo que en Chile llamamos lápiz (de) pasta.
"Cebate un mate", "linda la remera" (¿ramera? no, remera), "comprate el juego de bombachita y corpiño", "¿te tomás un submarino?", "se me tildó la máquina", "no tengo un mango", y aunque rápidamente intuía el significado de lo que se podía, pasaba todos los días alguna prueba. Como aquel en que llegué al almacén y pedí "cinco láminas de jamón". Me quedaron mirando los dependientes, pero yo estaba acostumbrada a tener que buscar un sinónimo que se entendiera, así que dije "tajadas de jamón". Nada, miradas inexpresivas. "¿Rebanadas?". Miradas perdidas. "¿Lonjas?". NADA ¿cómo era posible? hasta que usé el recurso de la mímica y moví mi manito como cortando delgadas láminas de un jamón imaginario, y sin mayor excitación, el dueño me dijo "ah, fetas" ¿fetas? Uff.
Cocinar en tierras trasandinas era un verdadero logro, qué otra cosa con términos como locro, soja, pastafrola, colita de cuadril, mondongo, vacío, ananá, batata, achuras y sin poder encontrar cilantro para un rico pebre. Por cierto, muchas preparaciones son distintas y las mías no causaban el furor esperado: como la palta que nadie le puso a los "panchos" (hot dogs), las milanesas desabridas apanadas sin aliño, la bolognesa extra salada porque las salsas de tomates son distintas y el pésimo doblez de las empanadas.
Para el frío la campera, a bailar al boliche, una vincha para el pelo, tomar agua de la canilla, la cucha del perro, firmar ante escribano, las hornallas de la cocina, nafta para el auto, calentar la pava, jugar truco, ir en remís, ponerse ruleros, no tener guita, ser morocho, preparar una vaca con cuero (aderezada con chimuchurri, por cierto).
Curro, pegatina, quiniela, saco, tránsfuga, abrojo, bombita, telgopor, choto, loncha, lavandina, linyera, morfar, pochoclo o pororó, pupo, quilombo y mi palabra preferida, soquete ¡Cientos! cientos de palabras que no se entienden o significan algo totalmente distinto que a este lado de los Andes.
Y no sólo eso. Decir "detergente" cuando tratas de decir lavalozas es erróneo, y se ve pésimo ir en "ojotas" al "shopping" o beber en la calle una "gaseosa" sin "sorbete" (yo hice todo eso, por eso lo sé de primera fuente).
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