Llegué radiante, con mi mat al hombro y un libro para leer porque aún era temprano. El pelo tomado, pantalón deportivo y zapatillas ¿qué más juvenil? Me senté a esperar en el hall, justo al lado de una jovencita de unos 16 años que observaba el lugar en detalle. Y de pronto ese momento perfecto en que mantenía una expresión sonriente por lo que estaba leyendo, fue repentinamente interrumpido por un "SEÑORA ¿qué hay bajando esa escalera?". Yo, que me había volteado a mirarla con mi estúpida sonrisa en la cara, no podía más que mantenerla para disimular. "¿Me dijo señora?" pensé, al tiempo que me recorría una especie de furia interna muy distante de mi espiritualidad de día jueves después de yoga y antes de pilates, y se me pasaban pensamientos como "¿cómo que señora, enana del demonio?" o "respira lento y profundo, respira lento y profundo".
No es que ser una señora tenga nada de malo, de hecho es una condición a la que aspira un importante segmento de solteras en este país. Y aunque en un par de segundos logré hacerme ese comentario como medio para calmar las ganas de aforrarle a la chiquilla, una vez controlado el mal rato, me dediqué a analizar por qué me dolió tanto que se dirigiera a mí de ese modo.
No es el estado civil lo que ofende, ni la realidad de que a esta edad podría estar llena de hijos y ser efectivamente una señora en su sentido más íntegro. Es simplemente que, en ese pequeño lapsus de tiempo yo decodifiqué la palabra "señora" como... "vieja".
¿Me dijo vieja? en el fondo de mi corazón paralizado por la conmoción odié estar a tantísima lejanía de una adolescente como la que yo fuí hace ¡tan poco! He ahí el problema... no fue hace tan poco.
Por más que insista en que soy igual que a los 15 años y que me vea más joven que con el look "traje y zapatito reina" de mis 25, la verdad es que la tierna edad de la pubertad pasó hace rato. Más de media vida atrás. Y efectivamente, soy el mercado objetivo de los que quieren administrar mis fondos para la jubilación. El tiempo pasó y no me dí cuenta cuándo la generación más joven dejó de decirme "oye" para pasar a decirme "tía".
Con mis 80 años a la rastra, después de lo que me dijo esa niñita insolente, entré a la clase y me instalé en primera fila frente al espejo. Después de todo, para ser una anciana, me sentía y veía bastante bien.
No es que ser una señora tenga nada de malo, de hecho es una condición a la que aspira un importante segmento de solteras en este país. Y aunque en un par de segundos logré hacerme ese comentario como medio para calmar las ganas de aforrarle a la chiquilla, una vez controlado el mal rato, me dediqué a analizar por qué me dolió tanto que se dirigiera a mí de ese modo.
No es el estado civil lo que ofende, ni la realidad de que a esta edad podría estar llena de hijos y ser efectivamente una señora en su sentido más íntegro. Es simplemente que, en ese pequeño lapsus de tiempo yo decodifiqué la palabra "señora" como... "vieja".
¿Me dijo vieja? en el fondo de mi corazón paralizado por la conmoción odié estar a tantísima lejanía de una adolescente como la que yo fuí hace ¡tan poco! He ahí el problema... no fue hace tan poco.
Por más que insista en que soy igual que a los 15 años y que me vea más joven que con el look "traje y zapatito reina" de mis 25, la verdad es que la tierna edad de la pubertad pasó hace rato. Más de media vida atrás. Y efectivamente, soy el mercado objetivo de los que quieren administrar mis fondos para la jubilación. El tiempo pasó y no me dí cuenta cuándo la generación más joven dejó de decirme "oye" para pasar a decirme "tía".
Con mis 80 años a la rastra, después de lo que me dijo esa niñita insolente, entré a la clase y me instalé en primera fila frente al espejo. Después de todo, para ser una anciana, me sentía y veía bastante bien.
jajjajajjaj
ResponderEliminarque risa! lo ame!!!!!
besotes!
me encanto!
desplazaste a Consuelo.
definitivamente!