Aún me da pena cuando miro tu ojito, porque
pienso en los otros. En los otros que como tú, quedaron abandonados por la vida
mientras son bebés, en un lugar hostil, lleno de perros y gatos grandes, que
como todos, luchan por su territorio y comida, sin permitirle a los más
pequeños comer. En los que agarran una infección y la falta de cuidados les
roba un ojo, o los dos, o una extremidad, o la vida.
Me da tristeza porque la compasión es ponerse
en el sufrimiento del otro y aunque no se vean, no se huelan, no se perciban,
ahí están muchos “Pepa” sufriendo, llenándose de enfermedades, de heridas, de pulgas,
y también de miedo, de agresividad por el hambre, de temor por los golpes y las
mordidas.
Y aún con esa pena negra que se instala varias
veces en el día, hay un espacio, ese en que te hablo y me regalas con un
ronrroneo inmediato, en que te pregunto y me respondes, en que me siento y te
me subes encima, en que me despierto de noche con una patita tuya en la mano, que
está lleno de la más instintiva y grandiosa felicidad.
Si yo pudiera darle a otros un minutito de la
sensación que me provocas, es seguro que los animales abandonados y
maltratados, se harían escasos. Todos querrían tener un compañero como tú.

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